miércoles, 18 de septiembre de 2013

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LOS ABORÍGENES CANARIOS Y LA NAVEGACIÓN


GRANDES NADADORES:


Su capacidad como nadadores, importante porque refleja que no existía un miedo al mar, no sólo queda reseñado por sus cualidades como pescadores, sino también en episodios heroicos o de combate durante la conquista.

Entre las acciones heroicas podríamos destacar una referente a un aborigen gomero, que demostró su valentía luchando contra los tiburones, lo que mereció ser recogido dentro de sus leyendas épicas.

«Hubo en esta isla hombres valientes, cuya memoria en sus cantares dura hasta hoy (…) Principalmente se cuenta deste Gralhegueya que, yendo un día a mariscar, que éste era su mantenimiento, entraron a una peña dentro en la mar nadando; y, crecida la mar, vino un bando de marrajos, que por aquella costa los hay grandes, que no los dejaban salir a tierra; y que este Gralhegueya era de grande cuerpo y fuerza y, determinado, se echó al agua y se abrazó con uno de los marrajos, y ambos se fueron al fondo, dando vueltas, y que lo tuvo fuertemente abrazado; y con los zapatazos que el marrajo con la cola daba, espantó a los demás marrajos y huyeron, y los gomeros tuvieron lugar de salir a tierra; y, desasiéndose de él, salió también a tierra. Dura la memoria desto hasta hoy» (Abreu, 1590-1632/1977: 81).

Otro episodio de lucha contra los tiburones lo conocemos en una relación anónima de los siglos XVII-XVIII, muy poco divulgada, que refleja un episodio durante la conquista de Tenerife, después de la batalla de La Matanza de Acentejo, tras la cual un grupo de aborígenes de Gran Canaria que luchaban junto a los castellanos contra los guanches, tuvieron que refugiarse en una baja del mar.

«El capitán Mananidra, canario, bajóse a la costa de la mar, y en vna baxa que está cercada de agua, junto a donde auía subçedido la [de]rrota de la Matança, el y la gente de su compañía se hecharon a nado huyendo de los guanches, para guarecerse y escaparse en aquella baja y peñasco, y a la pasada andava nadando en la mar vn pescado que dizen marrajo o tiberón, de veynte picas de cumplido e muy grueso, que thenía como los demás pescados desta manera siete órdenes de dientes muy agudos, a manera de sierra, e hizo daño e mató a la pasada algunos de los soldados de Maninidra, auiendo de bolber a nadando a tierra. De ay a dos días dixo a sus compañeros que los auía sacado de su natural y le pesaba que les hubiese subçedido mal, y le acresçentaba el pesar viendo que aquella bestia fiera marina auía despedaçado y comido algunos de sus compañeros; quél se quería salir a matar con ella, y quel pescado, mientras se ocupaba en despeedaçallo a él, podían sus compañeros pasar seguros y en salbo. Hiéndole a la mano sus soldados, y no pudiendo quitalle de su porfía, sé rrebolbió al braço yzquierdo vnos pellejos, vna capa, y con vn puñal en la mano derecha se fue al pescado, y el pescado con grande ympetu y bibeça le arremetió y acometió, y le metió el braço yzquierdo en la boca que trahía abierta ençima del agua y llebó al Maninidra debajo del agua muy rrepentinamente, y con el puñal que llebaba dióle muchas heridas por la barriga y lo mató con mucho ánimo, avnque sus compañeros estaban con gran themor de no verlo más a su capitán, crehiendo que la sangre del pescado con que se theñían las aguas hera de las carnes de su capitán; y alcançada la vitoria de la bestia marina, se olgaron muy mucho, e pasaron el agua nadando sin rriesgo ninguno, con mucho contento del triunfo y victoria alcançada de aquella bestia marina y pescado tan monstruosso» (Anónimo, 1935: 79-80).

Esta mezcla de grandes nadadores y valentía también la tenían los habitantes de Tenerife, pues durante la conquista «los guanches con gran coraje entraban hasta dentro del agua y serca de las lanchas tras de ellos» (Ovetense, 1639-46/1978: 166).

No obstante, también utilizaban esta habilidad para comerciar, y así, en el puerto de Gando de Gran Canaria, «un gran puerto que está entre Telde y Agüimes (...) el bote se acercaba a la tierra (...) entraban en la mar y venían a la barcaza como antes y traían sus cosas», canjeando sus productos, «les traían abundantes higos y sangre de drago que cambiaban por anzuelos de pesca y por viejas herramientas de hierro y por agujas para coser» (de la Salle, 1404-19/1980: 40).




Fuente: Los aborígenes canarios y la navegación. Alfredo Mederos Martín y Gabriel Escribano Cobo.

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