viernes, 30 de mayo de 2014

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La navegación primitiva en los mares de Canarias (II)

Esta fecha de una explicación supersticiosa de un hecho que en adelante, cuando toda la costa fue recorrida, pareció chocante, la da el mismo libro en otro pasaje (9): «gente de la población de Cádiz narra que una de las dos llaves cayó en el año 400 [1009-10]. El objeto, que fue recogido y que tenía en efecto la forma de una llave, fue llevado al señor de la ciudad de Ceuta; éste mandó pesarlo: su peso era de ocho libras»; detalles estos últimos que inducen a dar autenticidad al hecho en sí, interpretado supersticiosamente.

(9) KITAB AR-RAWD AL MITAR &, Loc. cit., pág. 312.

Más tarde, a mitad del siglo XV, he aquí la idea que de la navegación atlántica de los árabes tenía Ibn Jaldún (10)extraordinario observador de la realidad. En sus famosos Prolegómenos habla de las Canarias, que él fue el primer escritor árabe que las conoció por referencias auténticas y contemporáneas: «No se da con el lugar de estas islas, de no ser que se las tope por casualidad, y nunca de propósito. La navegación de los barcos se guía en efecto por los vientos y por el conocimiento de los puntos desde donde soplan y de los países a que se puede llegar, si se sigue en línea recta la dirección de dichos vientos. Cuando varía el viento, si se sabe a dónde se llega en línea recta, se orientan las velas en esa dirección, dándoles la inclinación precisa para guiar el navío, según normas conocidas por los nautas y marineros que son patrones de las naves. Las tierras situadas a ambas orillas del mar Griego [Mediterráneo] están todas consignadas en una hoja, conforme a la forma en que pueden ser halladas y según su disposición ordenada en las costas de dicho mar, y en esa hoja, al Kunbas, están asimismo señalados los puntos desde donde soplan los vientos y las variadas direcciones que siguen, siendo de esta manera cómo se gobiernan los marinos en sus viajes. Ahora bien: todo esto falta para el Mar Circundante [Océano], y por eso no lo surcan barcos, sin contar con que en la atmósfera de este mar y sobre la superficie de sus aguas se condensan unos vapores que impiden navegar a los barcos; vapores que, por su lejanía, no pueden disipar los rayos solares reflejados por la superficie terrestre. A causa de esto es sumamente difícil orientarse hasta estas islas y dificultoso obtener noticias sobre ellas».

(10) IBN JALDÚN, AL MUQADDIMA, edición QUATREMÈRE, tomo XVI, pág. 94; traducción especial de GARCÍA GÓMEZ.

No parece aventurado postular que la navegación de tipo mediterráneo tardó mucho, hasta el siglo XI según la tradición gaditana antes recogida, en propagarse por la costa africana; la pérdida en el siglo XIII de los puertos andaluces, Cádiz ante todo, debió de ser para ella un rudo golpe, y en fin y en todo caso no afectó a las prácticas tradicionales de los pescadores beréberes de la costa al sur del Um-er-Rebia.

Si la actual marinería de aquella costa norte es de origen árabe, o mejor hispano-árabe, difundida en la baja Edad Media, ¿cuál será el origen de las naves tipo cárabo y su tradición aneja? Basta leer la descripción detallada de ellas que nos da Laoust, para notar su analogía evidente con un tipo muy antiguo de nave, la de los vikingos, igualmente carente de distinción entre proa y popa. Pero en realidad no pensamos en esas naves nórdicas como «antecedentes» de los humildes cárabos del Sus; pensamos en la navegación antigua en estos mismos mares, en los buques púnicos. La navegación púnica, ante todo navegación pesquera, debió de dejar estas barcas frágiles y manejables, sobrias en consumo de madera, escasa en todos estos países; y como ellas, debían de ser las naves gaditanas de la antigüedad.

Nada más verosímil que estos cárabos abordasen en más de una ocasión en algunas de las islas canarias, especialmente de las orientales, y acaso ellos sean los responsables de alguna o algunas de las aculturaciones superpuestas en el conjunto cultural que se halló en el momento de la conquista europea.

Pero precisamente el objeto de estas líneas es llamar la atención sobre otro tipo de navegación oeste-africana como posible vehículo de las más remotas invasiones en el Archipiélago.

Este tercer tipo de tradición marinera no existe ya. Pero por fortuna nos ha quedado de él una descripción, apenas suficiente, de mano del viajero portugués Valentim Fernandes (11), que escribía a fines del siglo XV. En efecto, los portugueses, en su avance a lo largo de la costa del desierto, llegaron hacia 1440 a doblar el Cabo Blanco y a penetrar en un país diferente, la Bahía del Lebrel o del Galgo, con numerosas islas —en algunas de las cuales luego se establecieron— y con una población arraigada, dependiente en gran parte de la pesca como medio de vida. He aquí como Valentim Fernandes nos describe este rudimentario pero seguramente viejísimo medio de navegar:

«Os seus batees he çinco paos de figueyra de inferno secos, saber huum de braça e mea em longo e assi os dous em cada ylarga de dous palmos menos, e estes tres som atados com linhas das ditas redes e ficam detras todos tres ygoaes, e adiante sae o da metade mais, que he mais comprido. Emtam atam outros dous paos de 6 palmos das ilargas todas apartados [por apertados]. No meo d'estes paos põem suas redes ou molher e filhos ou qualquer cousa querem leuar, e elle detras assentado em aquelles tres que mais saem com as pernas de dentro pera o mais largo. E em cada mão traz huma tauolleta de palmo e meo de comprido e meo palmo em largo com que remam. E os que andam na barca andam em agoa ata cima de gyolhos, e assy andam e nom se affogam. E d'esta maneyra atrauessam qualquier golffo d'aquelles parçees xij leguas e tambem correm assi toda costa. E como som em terra, logo sua barca põem ao sol pera enxugar pera ser mais leue. E quando alguum d'elles tem huma d'estas barcas e huma rede, se conta por rico. Breo e stopa nunca o virom» (12).

(11) VALENTIM FERNANDES, edición CENIVAL-MONOD, págs. 118 y 120.

(12) Sus bateles tienen cinco palos de higuera infernal secos, a saber uno de braza y media de largo (2,6 m.) y así los dos en cada costado de dos palmos menos (2,10) y estos tres van atados con cuerdas de las dichas redes y quedan por detrás los tres iguales y por delante sale el de en medio más, que es más largo. Entonces atan otros dos palos de seis palmos (¿1,20?) a sus costados bien apretados. En medio de estos palos ponen sus redes o mujer e hijos o cualquier cosa que quieran llevar y él detrás en aquellos tres que salen más con las piernas de dentro hacia el más ancho (¿o largo?). Y en cada mano traen una tablilla de palmo y medio (0,30 m.) de largura y medio palmo (0,10 m.) en ancho, con que reman. Y los que van en la barca van con agua por encima de las rodillas y así van y no se ahogan. Y de esta manera atraviesan cualquier golfo de aquellas marismas, 12 leguas, y también corren así toda la costa. Cuando están en tierra, luego ponen su barca al sol para que se seque y sea más ligera. Y cuando uno de ellos tiene una de estas barcas y una red se cuenta por rico. Nunca vieron alquitrán ni estopa.

Sin duda la descripción es torpe, pero no ininteligible, si recordamos que la braza son metros 1,7 o 1,8 y que por tanto el palo de en medio alcanzará unos 2,6 de largo, esto es, comprido o longo en portugués. Que ilargas significa costados, y así los palos de 6 palmos (1,2 m.) fijados a ellas hacen oficio de amuras o barandas, abiertas por delante y por detrás. En fin, que largo vale por ancho (pero en la línea 9 valdrá como en castellano).

Estos pobres marineros de la Bahía del Galgo eran zenagas (azenegues en Valentim Fernandes), población beréber ya en aquel momento brutalmente sometida por los árabes nómadas hasaníes. La descripción que de ellos nos da Fernandes tiene rasgos que nos recuerdan a los canarios, con sus barbas abundantes y sus vestidos de pieles. Otros rasgos coincidentes podemos sacar del conocimiento moderno de su lengua, que persiste hoy en pequeños grupos de ellos que moran al norte del Senegal, y en la cual Marcy observó características fonéticas que la aproximan a los lenguajes canarios, más que otros dialectos beréberes; y no menos sus inscripciones rupestres, análogas, según el mismo autor, a las de El Hierro en nuestro Archipiélago.

Además hay que tener presente que esta población zenaga se extendía poco antes, hasta comienzos del siglo XV por lo menos, mucho más al norte, hasta el Sus mismo, y enlazaba con su población bereberófona, el grupo Shilha o Chleu. Sólo entonces sobrevino en el Sáhara Occidental o Atlántico el desastre de la invasión nómada árabe, los beduinos Duai Hasán o hasaníes, que rechazan hacia el sur a los zenagas; y así arabizan esta costa a diferencia del resto del Gran Desierto, que ha mantenido en lenguaje y cultura, ya que no en religión, gran parte de sus tradiciones preislámicas. Estos zenagas, de tradición sedentaria y pescadora, probablemente vivían del mar en los bancos del actual Sáhara Español y poseían estos rudimentarios bateles con los que remotas generaciones habrían abordado las Canarias. En efecto, hay que confíar mucho más en la tenacidad y resistencia física y moral del hombre, incluso el primitivo, de lo que suponen autores modernos (pensamos en Maury, con el mayor respeto para su ciencia y prudencia), que basándose en la marcha y fuerza de las corrientes y vientos en esa zona atlántica rehusan creer en viaje alguno de sur a norte. No es tal vez éste nuestro caso, pues sabemos a los zenagas establecidos en latitudes iguales a las de Canarias, y dicho autor se refiere concretamente al regreso de Hannón de su supuesto periplo africano hasta Guinea, asunto en el que no entramos. Pero, si en los mares hiperbóreos, con medios totalmente inadecuados, los vikingos alcanzaron Groenlandia y América, no me parece descabellado creer que los zenagas, con medios sin duda más risibles, pudieron cruzar el mar de Canarias. Y las llegadas tuvieron que ser tan arriesgadas, tan azarosas, que ello explique que no perdurase comunicación regular alguna, que los bienes ergológicos recibidos por cada isla difieran tanto de las demás y que, en fin, se perdiese la noción de estas navegaciones sin regreso.



Elias SERRA RÁFOLS

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